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Yukimura como creador audiovisual

Más allá de su reconocimiento como maestro del kinbaku, Haruki Yukimura (雪村春樹) también debe ser recordado como un creador con una visión personal, en su momento, radical.

Su trabajo audiovisual se apartó deliberadamente de las convenciones del cine para adultos japonés, incluso dentro del propio género SM, para construir una forma de expresión basada en la improvisación, la presencia y la comunicación directa.

Cuando estableció su propia productora, Sunset Color (サンセットカラー), abrió un espacio donde se borró la división entre los roles de director y atador.

En sus producciones, Yukimura asumía simultáneamente todos los roles: él concebía la escena, ataba a la modelo y participaba activamente en el desarrollo emocional de la sesión.

Esta subversión consciente de la jerarquía técnica transformó el rodaje en un espacio vivo, donde la obra no se ejecuta, sino que sucede.

Uno de los rasgos más distintivos de su forma de trabajar es el rechazo del guion cerrado. En lugar de escenas previamente definidas, su relato se construye a partir de la respuesta espontánea de la persona atada.

Hoy en día, esta es una forma de trabajo común en la industria adulta, en parte por la urgencia por publicar continuamente nuevos títulos y, desgraciadamente, también por la falta de calidad narrativa de muchas producciones, que en la mayor parte de las ocasiones se limitan a juntar una serie de escenas y tropos del género sin mayor interés que la mera exposición de genitalidades.

Pero en el caso de Yukimura, esta metodología nace de un espíritu realmente punk, por el que cada acción genera una reacción; cada reacción modifica la siguiente acción.

Este proceso, que el propio Yukimura describía como «comunicación», se convierte en el verdadero motor narrativo de su obra.

La cámara no documenta una fantasía prefabricada, sino una interacción en tiempo real, donde el ritmo, la intensidad y la dirección de la escena emergen del diálogo y el instante vivido.

Consecuentemente, este enfoque se extendió también a sus actuaciones en vivo, donde la ausencia de ensayos previos con las modelos eleva la improvisación a su forma más extrema.

Propiciando que, en la línea del aforismo ichi-go ichi-e (一期一会), cada sesión nunca se volverá a repetir, cada interacción es única y sucede una sola vez.

Todo esto supuso una evolución en su forma de atar: la desaparición progresiva de las formas complejas y de las suspensiones a partir de los años 2000.

Lejos de ser una pérdida de habilidad, esta evolución responde a una decisión estética. Yukimura entendía que el exceso técnico podía obstaculizar el juego.

A medida que su enfoque se radicalizaba, la atadura se reducía al mínimo necesario, descartando todo lo que no sirviera al intercambio emocional.

Estaremos aquí hablando del yo no bi (用の美), el concepto empleado en las artes para referir que la belleza nace de la función, no del adorno. Algo es bello cuando cumple su propósito de forma directa, sin exceso. Nada sobra, nada está ahí solo para adornar. Nada es superfluo.

Pero también es un concepto que remite a lo cotidiano, a lo que nos acompaña en el día a día, envejeciendo con nosotros, permitiéndonos recrearnos en las marcas y cambios que el tiempo deposita. Es una humanización del hacer, de la funcionalidad y de la practicidad.

En este contexto aparece el concepto de «Nawa no Asobi» (縄の遊び, juego de la cuerda), donde la cuerda deja de ser un instrumento de restricción para convertirse en un canal de diálogo.

El shibari de Yukimura comparte una misma base con expresiones artísticas como la danza: es una forma de interacción viva, cambiante.

El «juego» no es algo frívolo. Es una actividad básica para poder vivirse.

En el contexto de su obra, el juego implica (por este orden): escuchar, responder, arriesgar y aceptar no saber qué ocurrirá después.

Por eso Yukimura rechazaba la idea de un shibari unilateral.

Aunque el control formal pueda recaer en quien ata, el desarrollo real de la escena solo surge cuando ambas partes participan plenamente en ese intercambio estableciendo un diálogo con la expresión emocional como verbo.

Sus trabajos no buscan complacer al espectador ni cumplir expectativas convencionales. Más allá del mero hecho pornográfico, sus composiciones muestran lo que ocurre no en los cuerpos, sino en los corazones (alma, si quieres; para mí, en la mente) de las personas en shibari.

Frente a la espectacularidad, dureza o virtuosismo técnico, Yukimura nos regala tranquilidad, silencio y ausencia de gestos impostados.

La obra de Haruki Yukimura no puede entenderse como simple pornografía ni como una demostración técnica. Es un relato de la vivencia, del riesgo que nace al compartir emociones.

Cada sesión es irrepetible, cada intercambio crea su propia narrativa.

Ahí reside su importancia estilística: Yukimura no ataba cuerpos, capturaba instantes y emociones.

La imagen de portada de este artículo se publicó en S&M Sniper, número de noviembre de 2008. Shibari: Yukimura Haruki (雪村春樹) - Fotografía: Sayoga (小夜伽) - Modelo: Kajiwara Mayu (梶原まゆ).

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