Cuando uno se pregunta qué superficie acoge mejor la práctica del shibari, la respuesta brota casi sin pensarlo: el tatami, por supuesto.
Sin embargo, esa certeza se desvanece en cuanto la examinamos de cerca. Técnicamente, el tatami es una de las opciones menos interesantes.
¿A qué obedece semejante afirmación?
El tatami, en esencia, es una combinación de paja y juncos que se emplea en las viviendas japonesas como pavimento aislante.
Resulta perfecto para el descanso —sobre él se tiende el futón— y para desplazarse descalzo por el hogar. Pero es un material que se desgasta con facilidad y que, debido a su naturaleza aislante, constituye un pésimo suelo para cualquier actividad que requiera establecer circuitos cinéticos, como el shibari.
¿Y acaso no se utiliza en algunos deportes?
Sí, pero se trata de un material diferente: generalmente una espuma sintética con un comportamiento cinético y una resistencia adecuados a la disciplina a la que se destina.
¿Y esos dojos con el suelo cubierto de tatami de paja?
Buena pregunta. Supongo que responde a un afán estético de integrar la cultura japonesa, a la moda o a la pura comodidad —sí, para estar sentado o tumbado resulta muy confortable—, pero desde luego no para practicar un shibari activo.
Nota higiénica sobre el tatami de paja
La paja es un material limpio y relativamente higiénico, pero solo si se ventila de forma adecuada y frecuente.
Una placa de tatami colocada directamente sobre un suelo de cemento necesita levantarse y ventilarse a diario; de lo contrario, se convierte en un criadero de moho, bacterias y ácaros.
¿Qué requisitos debe tener, entonces, un suelo ideal para el shibari erótico estilo sekibaku?
Ante todo, analicemos lo que necesitamos.
Nos moveremos bastante, nos deslizaremos, incluso nos arrastraremos, posiblemente con poca ropa o sin ella, y mancharemos el suelo.
En el plano técnico, el suelo ha de permitir transferir la energía de nuestro peso y de nuestros movimientos al piso y recibirla de vuelta, sin una amortiguación excesiva ni una dureza pétrea.
Al mismo tiempo, debe ofrecer resistencia a la fricción —no resbalar—, pero sin ser abrasivo: no puede quemar ni desollar.
Ha de ser duradero, homogéneo, estable y fácil de limpiar.
Entre los materiales que cumplen todas estas condiciones destacan dos: la tierra y la madera.
Lo mejor de la tierra es que resulta gratuita.
Pero, ojo, no cualquier tierra sirve: debe estar compactada, nunca suelta; ha de tener cierta homogeneidad; no puede estar demasiado seca —lo que la volvería dura— ni demasiado blanda; y, por supuesto, carecer de piedras u objetos duros que puedan causar daño.
La mayoría de los parques urbanos disponen de espacios que reúnen estas características… aunque, claro, son lugares públicos donde no sería respetuoso llevar a cabo determinadas prácticas eróticas.
Los suelos de madera ocupan el segundo lugar en la escala de materiales recomendables y resultan mucho más fáciles de encontrar en el interior de una vivienda: desde el sencillo entablado sobre rastreles hasta la tarima flotante que tan de moda estuvo hace unos años.
Conviene precisar: hablamos de madera, no de laminados ni de corcho. Y cuidado con el encerado: puede volverse muy resbaladizo.
Entre los suelos recomendables figuran también todos los suelos técnicos deportivos, principalmente sintéticos: desde las tarimas de danza hasta los vulcanizados de artes marciales.
Suelen ser materiales caros, pero si se destinan a un espacio de práctica no muy amplio, pueden encontrarse ofertas con una buena relación calidad-precio.
Qué debemos evitar
Todos aquellos suelos demasiado blandos que absorben energía (el tatami de paja), los inestables (colchones), los poco higiénicos o abrasivos (la moqueta, lo siento, lectores británicos) o los excesivamente duros (laminados, cemento, baldosa…).
Tampoco es recomendable la arena: es un buen suelo para trabajar la fuerza muscular, pero no la reacción que necesita el shibari.
Motivos por los que recomendamos unos suelos y desaconsejamos otros
Hay un doble motivo.
Por un lado, la eficiencia técnica del suelo: aquello que nos ayuda o nos limita en la ejecución de la técnica.
Si absorbe, si retiene, si no devuelve la energía, dificultará la gestión de la sesión. Pero, sobre todo, puede provocar lesiones. Lanzar fuerzas contra un material que las retiene sin devolverlas equivale a chocar contra una pared; el cuerpo se ve obligado a absorber ese impacto. Zonas como la rodilla y el suelo pélvico sufren sobremanera estas tensiones, que acaban trasladándose a la parte más débil de la columna vertebral.
Por tanto, no nos dejemos llevar por las modas.
Si dispones de un suelo de tatami, aprovéchalo: es muy cómodo. Pero, siempre que puedas, evita realizar ejercicios que impliquen fuerza sobre él.
¿Tu suelo es de cemento pulido? Cúbrelo con algo: una alfombra ya ayuda; un linóleo de danza o un suelo técnico —de esos que se ensamblan como piezas de puzle— resultan bastante asequibles.
¿Tienes la fortuna de contar con un suelo de madera flotante? ¡Gózala!