Para todo aficionado que se acerca con curiosidad a esta disciplina, la seguridad figura entre sus primeras consultas.
Por una parte, ver las barbaridades —en el buen y en el mal sentido— que comparten algunos practicantes hace que quien está dando sus primeros pasos en el shibari se preocupe y valore sus posibilidades de salir indemne si replica lo que ve en fotos o vídeos.
En el otro extremo están los mantras sobre «seguridad» repetidos por instructores o colectivos, en los que se enuncian una serie de propósitos que luego raramente se ven aplicados de forma coherente en la práctica.
El contexto social en este sentido se entiende mejor si observamos sus tres pilares —el desconocimiento, las buenas intenciones y las malas intenciones— y lo analizamos desde tres áreas de acción: practicantes novatos, divulgadores y organizadores y, finalmente, instructores o referentes.
El desconocimiento por parte de quien se acerca al shibari es natural: siente curiosidad, busca información y tenderá a aplicar un sesgo de autoridad a aquellas fuentes que le parezcan, por uno u otro motivo, confiables.
En este punto cabe destacar la dificultad para verificar la veracidad o certeza de gran parte de la información que circula sobre el shibari.
Fuentes aparentemente «confiables» repiten hasta la saciedad errores, simplificaciones y afirmaciones dudosas sin demasiado propósito de revisión o contraste. Es la conocida ilusión de la verdad.
La ignorancia manifestada por divulgadores y organizadores es más delicada, porque participa directamente en la construcción del contexto donde otras personas aprenderán, practicarán o tomarán decisiones.
Se ve con frecuencia: un espacio en busca de legítima rentabilidad organiza un evento relacionado con shibari e incluye en la descripción fantasiosas referencias a princesas asiáticas y samuráis como origen del «arte».
Cuando la falta de conocimientos se manifiesta en quien se ocupa de impartir formaciones —y el eufemismo «compartir conocimientos» no deja de intentar suavizar la responsabilidad que implica enseñar—, la cuestión es más seria.
Enseñar errores, simplificaciones o prácticas mal comprendidas no solo pone en riesgo a quien lo crea e intente llevarlo a la práctica, sino que además condiciona negativamente su progreso futuro.
Corregir un mal hábito es más difícil que aprender bien desde cero.
Dominar la técnica del shibari como para poder explicársela a otra persona requiere tiempo, tiempo para practicar y más tiempo aún para procesar y comprender cada elemento y concepto.
La falta de conocimiento y comprensión puede disimularse bajo un discurso bien elaborado, una puesta en escena cuidada o una estética visual muy efectiva, pero no ante la curiosidad genuina.
Preguntar por qué, para qué, cómo, o qué motiva que una técnica se haga de esta o aquella forma sigue siendo una de las mejores herramientas para aprender de forma responsable.
Se ve con frecuencia: instructores que, ante las consultas o la dificultad para entender y aplicar una técnica por parte de sus alumnos, responden con «porque sí», o incluso alguno con malos modos, palabras altisonantes e incluso descalificaciones del tipo «tú no vales para esto». Respuestas y comportamientos totalmente fuera de lugar en cualquier contexto, sea o no educativo.
Y esto nos lleva a las intenciones: qué motiva a las personas a hacer las cosas. A todo el mundo se le presupone buena intención —cosas del pensamiento agustiniano—, pero por desgracia la buena intención por sí sola no garantiza ni criterio, ni preparación, ni responsabilidad.
La escena shibari internacional cuenta con casos suficientes para ilustrar la existencia de conductas profundamente irresponsables: desde dinámicas depredatorias hasta comportamientos tóxicos en prácticamente todos los roles imaginables.
Pero no todo es mala gente.
Por fortuna, hay un porcentaje muy alto de personas bien intencionadas en el shibari. Claro que el refranero ya nos advierte al respecto:
De buenas intenciones están las sepulturas llenas.
Y es que con la mejor intención del mundo, el riesgo escala a peligro, y el peligro deriva en incidentes que traen consecuencias.
Por sí solas, las buenas intenciones no son garantía de nada; requieren conocimiento, tiempo, análisis y razonamiento, además de un ejercicio constante de responsabilidad personal.
Veamos algunos ejemplos de recomendaciones básicas de seguridad que ilustrarán mejor estas afirmaciones.
Seguridad 101: Articulaciones libres de cuerdas
Desde el primer taller al que asistí hace ya más de veinte años hasta la fecha, este mantra se repite como una oración que espanta todos los males:
Dejar sobre las articulaciones un espacio de seguridad sin cuerdas de al menos 8-10 centímetros.
La explicación común suele ser que en las articulaciones hay «muchas cosas» delicadas que se pueden romper. Lo cual es cierto: los tejidos blancos que componen la articulación son relativamente fáciles de dañar y difíciles de recuperar.
Una explicación más técnica es que la función de las articulaciones es estabilizar el cuerpo y redirigir las cargas hacia los músculos, por lo que no están diseñadas para soportar directamente determinadas fuerzas, ni permiten establecer cadenas cinéticas apropiadas cuando se someten a cargas directas.
Estemos ante un shibari acrobático en el aire o cariñoso en el suelo, la prioridad debería ser proteger las articulaciones estabilizándolas y manteniéndolas en un rango de movimiento razonablemente seguro. Algo difícil de conseguir cuando reciben presión o carga directa.
Esta norma se aplica a todas y cada una de las articulaciones del cuerpo, con lo que ciertamente nos queda poco espacio para aplicar cuerda si debemos dejar un margen de seguridad sobre todas ellas.
Los dedos de manos y pies, el cuello, los codos, las rodillas, las cervicales o las lumbares son zonas especialmente delicadas en este sentido, y es fácil visualizar los riesgos: un dedo roto, un ahogamiento no deseado, una lesión medular o nervios inflamados.
¿Pero qué ocurre con las muñecas?
Una articulación donde, en muy poco espacio, conviven venas, nervios, tendones, ligamentos, cartílagos y huesos. Parece razonable asumir que es una zona especialmente sensible.
Abre tu aplicación favorita para ver fotos y vídeos de shibari, fíjate en las muñecas... ¿Cuántas veces ves una cuerda, un single column o, peor aún, un double column abrazándolas? ¿Cuántas fotos encuentras en las que se aprecia que las articulaciones —muñecas, rodillas, codos, hombros, cadera...— están sometidas a grandes cargas y fuerzas?
Antes de caer en el llanto y el rechinar de dientes, una anotación: las fotografías pueden tener un propósito dramático, estar falseadas o transmitir una imagen y un discurso narrativo concretos, por lo que no son un referente 100 % fiable; en cambio, la práctica guiada y real sí lo es.
Y es en este ámbito donde realmente cuesta encontrar un shibari que no lleve la atadura en muñecas, algo que demuestra falta de conocimiento y buena o mala intención, según el caso y el día; pero el resultado es el mismo: la persona atada está asumiendo con su cuerpo un riesgo incrementado por una mala aplicación de la técnica.
La intención realmente da igual; la clave está en la asunción de responsabilidades por ambas partes.
Seguridad 102: «Falsa sensación de seguridad»
La seguridad vende; el algoritmo de Google la sitúa entre las primeras búsquedas relacionadas con el shibari. Y eso puede favorecer que el discurso sobre seguridad se reduzca a una colección de palabras tranquilizadoras difíciles de sostener en la práctica.
Digamos que nuestro espacio es seguro y que contamos con una persona que sabe de primeros auxilios —bien, eso nunca está de más—. Pero ¿realmente sabemos afrontar un problema o accidente medianamente serio relacionado con shibari?
Hace unos meses me enviaron el dossier de un evento; en él se detallaba la presencia de personal sanitario en la sala durante la clase. ¿Qué esperan que pueda suceder en una clase?
Aclaremos una cosa: en shibari hay que combinar una enorme inconsciencia, una práctica extremadamente brusca y bastante mala suerte para que se produzca una lesión o incidente grave de forma inmediata.
El riesgo físico no es tanto de lesión instantánea como de daño acumulativo.
La mala aplicación de ciertas recomendaciones de seguridad raramente provocará una lesión incapacitante en el momento; lo que hace es generar una erosión progresiva en los tejidos que, dependiendo de la edad, condición física y hábitos de la persona atada, puede tener una recuperación rápida, lenta o inexistente.
Ese daño es acumulativo, y no solo participa el shibari: la mala higiene postural en el día a día, otros esfuerzos mal ejecutados o incidentes ocasionales también incrementan el deterioro. Llegado cierto punto, esos tejidos presentarán fallos en su funcionamiento o incluso lesiones severas.
Igualmente preocupante es afirmar que un espacio es seguro frente a conductas depredatorias por el simple hecho de enunciarlo en la publicidad. Conviene mantener cierto criterio y ponderar con cuidado qué significa realmente «seguro» en cada contexto.
Espacios que en el mismo cartel juntan shibari y chemsex difícilmente me hacen pensar en un entorno especialmente seguro. No invalido ninguna de las dos prácticas; simplemente creo que ambas responden a lógicas distintas y requieren niveles de responsabilidad difíciles de reconciliar.
Las tijeras de seguridad son otro tótem sagrado; al igual que los erigidos por las tribus, su sola presencia en la sala parece protegernos de todo mal.
¿Pero sabemos realmente utilizarlas? ¿Sabemos cortar un takate de tres cuerdas? ¿Cuál es el orden correcto para una liberación rápida y eficiente? ¿Seríamos capaces de liberar con rapidez y seguridad a una persona que entre en convulsiones durante una suspensión? ¿Y después, cómo actuar?
Otro caso verídico: una persona que imparte formación de shibari semanalmente que, ante un alumno con sensación de adormecimiento en la mano, no sabe diferenciar por la sintomatología cuál es el nervio afectado, ni mucho menos su recorrido para entender la causa del problema y evitarlo en el futuro.
Y, como me gusta meterme en charcos, hablemos del consenso y los acuerdos previos a la sesión como marco de falsa sensación de seguridad.
Para empezar, estamos confiando en que la otra persona cumplirá y en que tiene buenas intenciones; pero ya vimos que, además de existir malas intenciones, las buenas tampoco garantizan automáticamente un resultado seguro.
Y esto vale para ambas partes: el shibari es una práctica que, en determinados contextos, puede provocar altos niveles de excitación e incrementar el deseo. Estas situaciones alteran la forma en que interpretamos la realidad, de modo que cosas que hace diez minutos nos parecían un disparate pueden empezar a parecernos una idea perfectamente razonable.
Tampoco tenerlo todo hablado cubre «todo». Nuevo ejemplo conocido de primera mano:
Una persona con trabajo manual por cuenta propia —sin coberturas sociales— participa como parte atada en una sesión de shibari. Todo estaba hablado, todo acordado de antemano. Aun así, sufre una lesión en un nervio y la movilidad de una mano se ve afectada. Como todo estaba acordado, y quien ataba es una persona muy amable, al día siguiente le envió un WhatsApp:
—Hola, ¿qué tal? —Bien, pero aún no muevo la mano. —Vaya, ¿fuiste al fisio? Date árnica. —Sí, ya le di; mañana, si sigue, voy.
Después de esto no hubo más mensajes ni gesto alguno por parte de quien ataba, pero la persona atada arrastró una lesión que la incapacitó para trabajar varias semanas; recordemos que no tenía coberturas sociales y sus ingresos dependen de su trabajo diario. ¿Contemplan tus acuerdos pre-sesión qué hacer en caso de lesión incapacitante? ¿O solo conciernen a los orificios del cuerpo?
Seguridad 103: Los grandes olvidados
En otros artículos ya alertamos sobre la temeridad de confundir espasmos, reflejos y movimientos involuntarios, pero no está de más recordarlo.
Cuando el cuerpo se encuentra en un estado de alta activación y envuelto en ataduras, los espasmos suponen uno de los mayores riesgos; ante su aparición, lo prudente es liberar inmediatamente a la persona atada.
—Ah, pero yo he visto a un maestro utilizar esa técnica...
Da igual quién sea. Como mínimo, está demostrando una comprensión muy cuestionable del riesgo y de las consecuencias que determinadas prácticas pueden tener.
Obviamente, esta no es una lista exhaustiva; son solo unos apuntes que buscan señalar que la seguridad en el shibari va mucho más allá de unas pocas recomendaciones aisladas, que el riesgo estará siempre presente y que es nuestro criterio como practicantes lo que nos ayudará a gestionarlo.
Y que, en el —esperemos que inexistente— supuesto de un incidente, reaccionemos desde la responsabilidad personal, asumiendo lo sucedido y buscando la mejor resolución posible.
