El International Shibari Film Festival (ISFF) celebró su primera edición el 2 de julio en el Cinéma Aventure de Bruselas.
La edición contó con 18 películas de 14 países, distribuidas en tres categorías: Cinema & Narrative, Live & Performances y Singular Perspectives. Las entradas se agotaron.
Los premios se decidieron mediante un sistema de voto ponderado: 70 % voto del público asistente y 30 % un jurado profesional compuesto por especialistas del «sector cinematográfico», representantes de la comunidad internacional del shibari y «profesionales del ámbito cultural».
Grand Prize

「性 ~SAGA~」, dirigida por Ryuji Fukuyama, obtuvo el Grand Prize y el premio de la categoría Singular Perspectives.
La obra se estructura como programa doble: un cortometraje narrativo de 15 minutos sobre la estética del bondage tradicional japonés, y un documental de 35 minutos centrado en la figura de Shigonawa Bingo (紫護縄びんご) junto a Aya, su compañera de cuerdas y esposa.
Shigonawa Bingo murió el 23 de noviembre de 2025, un día después de asistir al preestreno en Tokio. El documental registra su técnica y su forma de entender los conceptos de vulnerabilidad, intimidad, comunicación corporal y confianza.
「性 ~SAGA~」 tuvo una proyección previa el 26 de junio en il Kino (Berlín), organizada por la Kinbaku Society of Berlin, con subtítulos en inglés y coloquio posterior con el director.
Cinema & Narrative

Premio para Anthos, codirigida por Maartje Hensen y Jessie Yingying Gong (Países Bajos / Grecia). Según la sinopsis oficial, trata sobre regeneración, intimidad, vulnerabilidad y cuidado, a partir de dos cuerpos atados en un paisaje calcinado.
Live & Performances

Premio para Triton, de Raphaël (Bélgica). Según la sinopsis oficial, parte de la figura del tritón como indicador de un ecosistema saludable para narrar el encuentro entre ambas intérpretes.
Mas allá del festival en si mismo
Como valoración personal, y sin entrar a valorar cada una de las obras, lo que se desprende del propio festival —y que entiendo como un buen reflejo de la escena europea— es el esbozo de algo más parecido a una colección de micromundos personales que a un proceso narrativo con el shibari como hilo conductor.
Al igual que sucede en la escena, cada pieza seleccionada construye su propia mitología de autor: el artista y su ego, la cuerda como vehículo de una poética individual antes que como técnica compartida.
Incluso 「性 ~SAGA~」, la más directamente ligada a una figura y una tradición «japonesa», se resuelve en un lenguaje profundamente occidental: elegía, homenaje, gesto artístico.
Nada remite al shibari japonés tal como lo mostraban el Kitan Club o los locales de Kabukicho —aquel shibari que presumía de emplear lo pornográfico como forma de expresión—, sino que nos lleva más bien a la boutade burguesa «de autor».
Lo que este festival saca a la luz es, en ese sentido, un shibari higienizado: llevado al terreno del arte precisamente para poder despojarlo de su vertiente erótica explícita, blanqueado hasta volverse presentable, exportable, programable en un cine de Bruselas ante un jurado con «enfoque cultural».
Mainstream en el peor sentido: no porque llegue a mucha gente, sino porque ha limado exactamente aquello que lo hacía específico.
Cabe llevar la reflexión un paso más allá. El shibari de la segunda mitad del siglo XX en Japón fue, en buena medida, un espejo de lo que atravesaba aquella sociedad: sus tensiones, su relación con el cuerpo, con el poder, con la transgresión.
Si aceptamos esa lectura, lo que este festival expone —qué se premia, qué lenguaje se valida, qué se entiende por «profundidad»— es también un espejo, pero de la sociedad europea contemporánea: desnortada, saciada, hastiada por el exceso de consumo y de facilidad, y necesitada de convertir cualquier cosa, incluida la cuerda, en un producto de consumo con aires intelectuales antes que sostener la incomodidad de lo que esa práctica fue y sigue siendo: una expresión de la vivencia erótica de las personas.