Nuevas Publicaciones sobre Shibari
Shibari Dojo
Formación online personalizada con seguimiento individual.
También disponible::

Habitualmente reviso los programas de formación de otros dojos. En ocasiones encuentro ideas; en otras, propuestas interesantes; y, casi siempre, enfoques sobre la enseñanza del shibari que me aportan una mayor perspectiva.

Pero, de vez en cuando, encuentro también algo que me asusta, me alarma o me preocupa.

Entre los escenarios comunes con los que, como instructor, disiento profundamente, destaca uno en particular.

El progreso técnico suele plantearse como un tránsito desde el «nudo simple y las fricciones», pasando por la semisuspensión (con arneses varios), hasta llegar a la suspensión completa, el hashira y las torsiones: un recorrido que sitúa el techo de habilidades en estampar a una persona contra un poste, como si fuera una hoja de periódico contra una farola en un día de vendaval.

Esta secuenciación no es más que el reflejo de la estructura —estadísticamente normal— de preliminares, coito y orgasmo, aunque con un esquema más verticalizado y segmentado. Y, para mayor dolor, en la mayoría de los casos, se termina estableciendo la «habilidad» del rigger como baremo, ignorando el valor y participación de la persona atada en el proceso.

A esto se suma algo que me causa verdadero dolor: aspirar a «poder hacer tal o cual figura de memoria», como un autómata, exactamente de la misma forma y con el mismo resultado con que la hace otra persona, como si todos los cuerpos fuesen iguales, respondiesen igual o tuviesen la misma condición física.

Nuestro método de enseñanza busca que los estudiantes sepan adaptar la técnica a sus intenciones y capacidades; por eso resulta imposible que, en un mismo taller, todos los alumnos alcancen un resultado idéntico.

El shibari erótico no es una ecuación con resultado único. Todo lo contrario: es un relato que construimos cada día con palabras nuevas, empleando una estructura gramatical diferente en cada ocasión.

Antes de seguir, quiero exponer cómo abordamos estos aspectos en el dojo.

No existen, ciertamente, niveles cerrados.

Están quienes aún no saben si el shibari les va a gustar, interesar o compensar, y que solo buscan unas nociones previas; para ellos ofrecemos un curso breve, de media jornada, a modo de introducción.

A partir de ahí, quienes deciden que el shibari les interesa lo suficiente como para dedicar tiempo a conocer su técnica empiezan a trabajar sobre los fundamentos técnicos: primero, los aspectos históricos, psicológicos y culturales que constituirán el contexto que de forma a su vivencia.

El foco está puesto, en efecto, en la vivencia erótica de cada persona. No enseñamos a partir de las vivencias de terceros, ni existen gurús o fórmulas que funcionen del mismo modo en todas las personas y bajo todas las circunstancias.

Ambas partes son, en todo momento, individuos diferenciados y cambiantes.

El segundo paso es el trabajo sobre el cuerpo —su postura y su movimiento—, el de cada uno de los participantes, ya que para nosotros el shibari, en su expresión erótica, que es lo que enseñamos, es cosa de dos: ambos activos, ambos presentes, ambos en el mismo plano y nivel de poder y responsabilidad.

Por poner un símil, es como el baile de salón, el tango, la bachata... Un cuerpo inerte, una ausencia de voluntad, una falta de presencia, no tienen cabida.

Un tercer campo de estudio es el uso de la cuerda, pero no para construir patrones complejos ni memorizar figuras, sino para comprender cómo esta nos ayuda a estabilizar el cuerpo y a gestionar la experiencia emocional de la persona atada, adaptándose no solo a cada persona, sino a cada ocasión y a cada instante en particular.

El estilo que enseñamos, sekibaku, no consiste en replicar patrones; no se trata de hacer una atadura y ya está.

Es, más bien, un simple acompañante, un accesorio para una interacción erótica entre personas que buscan explorar su vivencia emocional a través de su interés por atar, por ser atado, o por cualquiera de las demás técnicas implícitas o características propias del shibari.

Es entonces cuando leo cosas como «métodos de manejo de la energía», y no puedo evitar reírme.

Imagino que se refieren a voltios y amperios, y me pregunto qué tendrá que ver la instalación eléctrica con el shibari... ¿O están hablando de seres imaginarios? ¿Te imaginas que, en un taller sobre la muy católica tortura de estilo inquisitorial, se incluyera un apartado de «comunión con el Espíritu Santo»?

Respeto, por supuesto, las creencias de casi todo el mundo; hay puentes que no cruzaré, pero este no es uno de ellos.

Me parece perfectamente legítimo que en tu juego incluyas las energías ki, los midiclorianos o la mismísima piedra negra de la Kaaba: es tu juego.

Pero cuando impartes un taller, una formación, no resulta honesto explotar los vacíos espirituales de las personas y su ansia de exotismo para sacarles el dinero a cambio de una sarta de mentiras hermosamente hilvanadas.

Los intentos de insertar el shibari dentro del BDSM son bastante habituales, y no tendrían nada de malo si no se limitaran, con frecuencia, a una selección de tips y posturas del tipo «cómo hacer un collar» o «cómo exponer con impudicia» las partes consideradas púdicas.

Y es que el shibari, en su formato más «tradicional japonés», es una técnica que funciona: entre sus efectos está el predisponer a la persona atada a estados en los que se vuelve permeable a condicionamientos, viendo su capacidad de valorar las consecuencias de sus actos y decisiones mediada y alterada, de forma notable, desde el exterior.

Estas características, si se persigue una sesión segura y satisfactoria para ambas partes, exigen un enfoque, un trabajo y una profundización en los aspectos psicológicos y técnicos del shibari que —esto sí— lo sitúan en un nivel curricular avanzado, por el tiempo y la contextualización que su sola exposición requiere.

La complejidad del shibari erótico —como ocurre, en particular, con el estilo sekibaku— no reside en desarrollar patrones más elaborados, usar más cuerdas o ejecutar secuencias que exijan mayor movilidad, resistencia o condición física, sino en el rango e intensidad de la vivencia emocional que estemos dispuestos y preparados a afrontar, procesar y asumir desde el ejercicio de la responsabilidad personal.

Añadir un poco de picante a una interacción está al alcance de cualquier estudiante, incluso desde el primer día. Afrontar expresiones emocionales intensas, profundas y compartidas, también, pero hacerlo con seguridad y sensatez exige más herramientas —no necesariamente más clases—, pero sí una preparación que permita gestionarlas de forma adaptativa.

Y aquí conviene ser precisos, porque vivencia y gestión no son lo mismo.

La vivencia emocional es lo que sucede: lo que se experimenta al practicar shibari. La gestión, en cambio, es lo que permite que esa vivencia resulte segura, satisfactoria y adaptativa, y se sostiene sobre tres pilares: la técnica necesaria para generarla, el conocimiento para mantenerla dentro de lo gestionable en cada momento, y la predisposición para procesarla y asimilarla después.

Eso es, en el fondo, lo que ofrece nuestra escuela en sus diferentes cursos y talleres: no vivencias en sí mismas, sino las herramientas para afrontarlas.

Como instructor, me resulta igual de valioso —o más— cuando personas en su madurez biológica aprenden a utilizar cuerpo y cuerda para lograr un gote sencillo, pero bien estructurado y funcional, capaz de incorporarse con seguridad a su repertorio, como cuando se trata de personas que, en su máxima expresión anatómica, experimentan un coregasm mediante la progresión de una suspensión.

Conviene aclarar, eso sí, que la edad —la madurez biológica— no es sinónimo de madurez emocional. Esta última no depende de los años ni de la condición física, sino que es el resultado de ese mismo proceso de gestión: técnica, conocimiento y predisposición, sostenidos en el tiempo.

En ambos casos, estas personas viven una experiencia única, propia y personal, que la técnica les permite explorar su erótica con intensidad, seguridad y satisfacción.

El objetivo del sekibaku no es otro que la satisfacción del deseo erótico. No se trata de hacer más, ni de complicarlo, sino de que cada uno conozca sus capacidades, gustos, preferencias y circunstancias en ese momento concreto, para obtener así la mejor vivencia posible en cada caso.

CURSO DE SHIBARI ERÓTICO ONLINE
INSCRIPCIÓN ABIERTA